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Easy Writer

Pequeñas historias de vida.

Patricio Bonaventura

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Contrastes. Como la vida misma, llena de ellos. Aprender de ambos es la cosa más sabia e inteligente que podría uno hacer. Se aprende más de los momentos no tan buenos que de los buenos.

Roque Perez, Domingo, fecha Coronación del Superbike Bonaerense de la Febom. Calorrrrrrrrrrr. En pista ni un arbolito donde tomar algo y refrescarse. Calculo que habrá hecho unos treinta y largos a eso de las 3 de la tarde.

Lo importante no son los nombres, lo importante son las actitudes frente a distintas situaciones de carrera, la alegría y la adversidad, como la vida misma.

Una buena iniciativa que encontré este fin de semana es la gran cantidad de pilotos, semillero con futuro, que se animaron a correr. Distintas marcas de motos, todas baja cilindrada, escuela de futuro. Japonesas, Austriacas con acento Indio, Italianas de origen chino también.

La otra buena iniciativa es permitir jóvenes pilotos, muy jóvenes, 11 años, y de pilotos femeninos. ¿Está bien llamarlas pilotas? Estos son los dos casos a los que hago referencia.

Buscando un descanso, de la fatiga no del calor, de eso no se salva uno, me siento con mi lente 400 mm en una de esos neumáticos a la entrada a boxes a ver la carrera. Última vuelta de una de las categorías escuela, pasa el primero, se encuentra con el alegre aleteo de la de cuadros que recompensa el esfuerzo de él y equipo con una victoria. Sucesivamente llega el resto de los pilotos, entre ellos la chica piloto en cuestión.

Nuestro piloto debutante, de sólo 11 años repito, vaya a saber si se distrajo al ver la cuadriculada o qué, despista y cae en el pasto a metros de la línea de llegada. Gran bronca y desilusión del chico, qué, antes, había practicado con su mentor en la recta opuesta, partida detenida para poder aprovechar la largada.

Pateó, pataleó, manotazos al aire de bronca, presumo lágrimas de desilusión debajo de ese casco al sol arrasador de la tarde roqueperense. Al mismo tiempo, 4 muchachos le gritaban que levantara la moto y que terminara la carrera. Al mismo tiempo venían corriendo auxiliares de su equipo a analizar la situación. Estos auxiliares levantaron con el la moto, la arrancaron, subieron al novel piloto a la moto y obligaron a terminar la carrera, no importa la posición.

Entra a boxes la piloto, la espera sus amigos y equipo, gran algarabía ya que había hecho podio. Aplausos, besos al casco, gritos y felicitaciones. Gran merito de una chica en un medio puramente masculino. Premio a la determinación, coraje, no sólo por subirse a la moto sino que, no nos engañemos, el motociclismo deportivo es a veces hostil para las mujeres. Sin ir más lejos, el Viernes llegué a Buenos Aires de un viaje de chicas moteras que hicieron un relevo mundial para que el motociclismo las tenga en cuenta a ellas, por ejemplo, en la confección de indumentaria.

A todo esto, nuestro pilotito, llega a boxes y lo espera su equipo, lo baja de la moto, todo compungido él, llorando, desconsolado. Lo tratan de consolar, le dicen que las caídas también son parte de las carreras de motos, que hay que aprender de ellas. Como la vida misma.

Yo provengo de otro deporte, uno que se enorgullece de gritar a toda voz que es formador de carácter, escuela de vida, etc. Me enamoré del motociclismo a primera vista, allá lejos, en Charata, Chaco en mi primera carrera hace como 20 años, hace tiempo.

Estos son dos ejemplos de vida, el coraje indomable para llegar a lo más alto, con esfuerzo, con tenacidad, poniendo lo que dicen que las chicas no tienen, a veces les sobra. La del pilotito es casi lo mismo, a no darse por vencido ni aún caído. Sólo te puede vencer aquel que sea mejor que uno, pero hay que vender cara la derrota, terminar como sea lo que uno se proponga. Las categorías escuela son para eso, para formar en la vida, no solo en la competición.

Casos muy distintos con una lección de vida similar. Contraste parecidos. Como la vida. La vida misma.

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La noche de Tanti

Patricio Bonaventura

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Me encontraba sentado en el sillón, mirando tele y disfrutando de la “quarantine”, cuando de pronto suena el teléfono y en la pantalla veo la fea cara de mi gran amigo Pato, presagiando ya una buena charla.

HP: ¡¡Hola Pato!! ¿Cómo andás?

PB: Bien. Te llamaba para pedirte algo.

HP: Lo que sea. ¡¡¡Pida nomás!!! (no le arrugo nunca a ayudar a un amigo)

PB: Quería que comenzaras a escribir para PromotoNews.

HP: ¿Escribir? Acá dudé si había hecho mal en decir “lo que quieras” o si simplemente el error fue responder la llamada. ¿Pero de qué querés que escriba? Yo ya no escribo sobre motos casi nunca. Ahora estoy escribiendo otras cosas, me volqué más a la ficción y a otras cosas.

PB: Vos escribí de lo que se te de la gana. Aunque sea una historia de terror. Pero quiero que escribas para mi sitio.

HP: ¿Puedo escribir ficción? ¿Puedo escribir lo que se me dé la gana?

PB: Si. Pero hacelo ya porque quiero publicar una nota tuya antes que Marc se cure de la caída del otro día…

HP: Bueno, quédate tranquilo. En un rato te mando una historia.

Apagué la tele, me fui hacia el computador y me senté a mira la pantalla mientras en mi mente circulaban muchas cosas que a uno le han pasado en la vida y pensé… ¿Y si cuento cosas que pasaron? Y en la pantalla se comenzó a escribir una historia. Una historia de terror que bien podría ser el peor de los temores de todo motociclista. Una historia de esas que te hacen preguntarte cómo llegaste allí… Y por qué estás sentado a la vera de la ruta en una hermosa, estrellada y calurosa noche de verano… totalmente empapado.

Esa es la historia de hoy…

La noche de Tanti

Ésta es una de las historias más terribles que he vivido sobre una moto. Una noche abandonado en la ruta… expuesto a cosas inimaginables… Una historia de terror donde lo sobrenatural era lo más natural que podía pasar. Voy a contar el siniestro suceso conocido como “La noche de Tanti“.

Enero de 2015 – En las afueras de Tanti, Córdoba

Estoy sentado aquí. A 20 metros de la ruta y con la moto junto a mí. La noche está hermosamente estrellada, hace mucho calor y yo estoy totalmente empapado. Toda mi ropa, el casco y la moto estamos mojados. Y ahora me pregunto si todo lo que sucedió no habrá sido como dice la película “A Series of Unfortunate Events” (Lemony Snicket’).

El día había comenzado en Termas de Río Hondo donde hicimos noche volviendo del NOA. Luego de una noche con lluvias, las motos estaban bien bajo un techo así que no nos preocupó. Y tras los aprestos habituales, partimos con destino a Córdoba y una vez en esa provincia veríamos dónde ir. Como muchas otras veces, éramos dos matrimonios en un par de motos y sin destino obligatorio.

Más allá de un automovilista que no usó los espejos y casi se lleva puesta a la otra pareja, y de una “infernal cola bajo el sol” para carga combustible en la YPF de “Agua de Oro” en la frontera provincial, Todo vino perfecto hasta que llegamos a la “zona salaminera” (Colonia Caroya).

Debido a estar muchos días viajando y en lugares agrestes, no estábamos informados que ese “sábado” era la noche central del Festival de Doma y Folclore de Jesús María. Y cuando nos dimos cuenta ya era tarde. Una eterna y maciza cola de autos ocupaban toda la ruta en sentido inverso al nuestro y decían que era así por unos 60Km… Bien. Para algo está la banquina y estamos en motos MaxiTrail.

Así fue que luego de una serie de situaciones que no vienen al caso, decidimos separarnos por ese día. Ellos irían a Carlos Paz y nosotros a Tanti y al día siguiente nos encontraríamos. Así “a contramano del tránsito” iniciamos los escasos 80Km hacia Tanti y ellos intentarían usar otra ruta más larga pero que se suponía con menos tránsito.

Más de 3 horas. Eso fue lo que tardamos llevando a momentos la moto en primera por la banquina y discutiendo muchas veces con policías de tránsito que tenían orden de que todos los vehículos fueran hacia Río Tercero y ninguno hacia Córdoba capital (un festival es algo prioritario para ellos, si vos no querés ir no es problema de ellos).

Llegamos a Tanti cerca de las 9 de la noche. Y allí, mucho más relajado levanté la visera del casco y le pregunté a Gisela “¿cuál es la calle de la casa de tu prima?”. Hasta ese momento Gisela solo había abierto la boca para acompañar algún gesto mío sobre los ancestros de los automovilistas que varias veces estuvieron a punto de embestirnos porque “nosotros” no íbamos para el festival. Así que ella venía atenta al viaje y la respuesta no se hizo esperar: “No tengo idea, no vine nunca de noche y no me ubico”.

Chan… No era la respuesta que yo esperaba. Bueno, sabíamos que era antes de llegar al pueblo, que era “a la izquierda” y “cerro abajo”. ¡¡¡Tan difícil no debía ser!!!

Los diálogos eran constantes “¿te suena por acá?”. “No sé, puede ser”. “a mí me parece”. Y frases así que, minuto más o minuto menos, nos llevarían a destino. Así que “donde me pareció conocida la salida”, puse el giro y allá vamos.

De pronto una bifurcación. A la derecha con curva y si seguía derecho se veía un pequeño cartelito “casero” (muy parecido a esos que hacen los propietarios y que dicen “alquilo casa” en esas zonas turísticas). Y yo digo “¿llegaste a ver que decía el cartel?”. Y mientras escuchaba “¿qué cartel?”, el mundo aumentó la gravedad. El planeta de pronto se puso extremadamente pesado y mientras la moto (que bajaba relajada en 2ª regulando) se puso lenta, comenzamos a hundirnos.

Sí a hundirnos. Todo ello sucede en solo 3 o 4 metros y mucho menos de un segundo. Un segundo en el que intentas acelerar y ya no hay torque porque el motor ha caído debajo de las mil revoluciones. Un segundo en que no sabes por qué “la moto comienza a apuntar mucho más en bajada”. Y de pronto el motor se detiene, tus pies buscan el suelo y lo encuentran muy cerca y esponjoso… ¿y la moto es más petiza?

No. No ha cambiado la moto. Ha cambiado el suelo. Te has hundido hasta la mitad de las ruedas… Estamos en un “guadal”, “fesh fesh” o como quieras llamar a un “banco de arena”. Son como las 9 de la noche, estamos en “algún lugar en Tanti” y nos hemos enterrado.

Por supuesto que estallé contra todos los bancos de arena del Universo. Gisela es una mujer que siempre toma decisiones acertadas y ésta vez también tomó la mejor decisión del momento y se fue lo más lejos posible de la moto (en realidad de mí). Salió de la floja arena evitando hundirse y caminó “cerro arriba” media cuadra. Mientras tanto, desde los chalets entre los árboles se veían cortinados que se abrían un poco solo para mirar al loco que gritaba como Shrek parado junto a una moto “donde ellos sabían que no había que meterse”.

Bien. Apagué todo, retiré las maletas y comencé a caminar “calle arriba” para ir dejando todo junto a ella y poder así mover “el menor peso posible”. Y en eso… mientras bajo caminando hacia la moto a buscar más carga, veo nuevamente el cartelito que ya cité y me acerqué a verlo bien pues, desde lejos, no se llegaba a leer. Estaba muy bien hecho. Era muy bonito y prolijo hecho seguramente por los vecinos con mucha dedicación. Bien pintado con fondo blanco y pequeñas, pero muy prolijas, letras en gris que decían: “calle cerrada – banco de arena”.

Retirar la moto no fue fácil ni se hizo en pocos minutos. No hubo otra opción que “hacia atrás”. Me costó. Me costó muchísimo pero la llevé hasta que la rueda trasera mordió firme. En ese momento la de adelante no la soportó y lentamente escoró hasta que con suavidad apoyó en la blanda arena. El éxito estaba cerca solo debía levantar la moto, no usar la muleta, sostenerla mientras me subía sin hundirme yo en el banco de arena y poner primera y salir hacia el costado.

Finalmente logré montar la moto y evitar que mis pies se hundieran y volviera a caer. ¿Cómo se apagaba el control de tracción? A ver… esto es el mapeo de la inyección… Esto es otra cosa… Esto es para poner en hora el reloj… Maldito tablero lleno de botoncitos, con algo apagaba el control de tracción y no me acuerdo. Acá está… modo uno, modo dos… ¡¡¡Sin modo!!! Listo. Ya puedo “cruzar la moto” haciendo patinar la rueda trasera y que la delantera no gire!!! Ahh pero olvidé apagar el freno unificado… si toco la maneta la rueda trasera también va a frenar. Las motos “muy asistidas” me encantan, pero ponerme a leer el manual casi a las 10 de la noche en un cerro…

Finalmente, el monstruoso torque de la SuperTénéré 1200 me permitió sacarla del fesh fesh y sin detenerme subí esos pocos metros por el camino hasta donde estaba la flaca y la carga. Coloqué las maletas y tiré sobre el asiento trasero las camperas y cascos. Solo quería llegar de vuelta arriba para detenerme en plano y revisar y acomodar todo (eran apenas 60 metros). Primera… y Gisela venía caminando detrás. Esquina con un enorme y muy viejo chalet al lado de la ruta e iluminado muy bonito, giré a la derecha, pasé junto a una camioneta estacionada en su puerta y me detuve delante.

¡¡¡Fin de la odisea!!!! ¿¿Fin de la odisea???

Mientras ella llegaba me bajé y me dispuse a cambiarme la remera porque en la cálida noche de verano había transpirado tanto como lo que renegué. De pronto me doy cuenta que el tiempo pasa y no llega. Entonces miro hacia la esquina y no la veo. Y lo primero que pensé fue “me olvidé algo y se quedó cuidando”… voy a la esquina y nada… Gisela no está.

Claro. Del otro lado de la ruta hay un almacén. Cruzó para comprar algo. Y yo también cruzo para agregar una buena dosis de algún jugo de fruta o algo así. Imaginen a esa hora que entro a un almacén sobre la ruta y comienzo a mirar a todos una y otra vez… un tipo que camina por dentro del local mirando a la gente a la cara y sin hablar. Hay una película en la que una persona entra a un local sobre la ruta y desaparece. Pero yo no la había visto. Y por eso no pensé que ella había desaparecido.

Como evidentemente no había ido allí, compré una botella de “Jugo de durazno” y salí esperando verla junto a la moto. Pero no. No estaba ni allí ni a la vista. Aun no sospechaba que había desaparecido.

Bueno, lo mejor es no moverme de junto a la moto. Ya va a aparecer.

Las noches de verano en las sierras de Córdoba son hermosas. En especial en esa zona donde en medio de la serena noche se escuchan las explosiones en las lejanas canteras. ¿Canteras un sábado como a las 22:00? No eran explosiones. Eran truenos que provenían de nubes detrás del cerro. Minutos después comenzó a llover unas enormes gotas mientras los rayos cruzaban el cielo. El mundo “se venía abajo” con fuertes ráfagas de viento. Lluvia copiosa y helada. Acompañada de rayos que cruzaban el cielo y amenazaban con caer y convertir a la moto y a mí en carbón para la parrilla.

Y los minutos seguían pasando y yo estaba solo. Totalmente solo en medio del cerro y la flaca no aparecía. En ese momento comencé a sospechar que algo había pasado. Pero así como llegó, la tormenta cruzó hacia otro cerro y las estrellas comenzaron a brillar mientras la tierra, que el calor del día había sobrecalentado, saciaba su sed y solo quedaba como muestras del infierno desatado una moto y un hombre sentado junto a ella. Totalmente empapados.

El tiempo en una noche hermosa no es lineal, se dilata y contrae de acuerdo a las estrellas o los lejanos relámpagos y ello te hace perder relación con el tiempo que ha pasado y con la, o las realidades, que pudieron haber pasado. Ya no sabes qué hora es y no sabes muy bien qué ha sucedido. Lo único cierto es que ella desapareció en esa media cuadra. Que nunca llegó a la vera del camino y que han pasado tal vez un par de horas desde su desaparición. Y ella tenía mi teléfono en su bolsillo.

Tal vez debería pararme e ir hasta la moto y ponerla en contacto para mirar la hora… De pronto una pequeña moto tipo CG aparece. Y de inmediato reconozco a la prima de Gisela. Se detiene y exaltada me dice “¿Dónde fuiste? Te estamos buscando hace mucho”. Gisela dice que doblaste en la esquina y te fuiste… Me mira con asombro y me dice “¿dónde te metiste. Porqué estás todo mojado?”. Y yo preocupado quiero comenzar a contarle que nunca me moví de allí. Que hubo una tormenta terrible y que apareció de la nada como algo irreal. Y por supuesto que Gisela no aparece. Pero pone primera mientras dice algo sobre la comida…

La sigo, encara para el banco de arena pero unos metros antes, en la bifurcación, dobla y apenas segundos después estacionamos mientras todos me preguntan dónde me había ido. Intento explicar que nunca fui a ningún lado. Que me estacioné detrás de la camioneta de la casa de la esquina… y alguien me pregunta “¿Qué camioneta? Si el viejo chalet está abandonado y semi derruido hace décadas”. Me doy vuelta para señalarlo y mostrar la camioneta en su frente y sus ventanales iluminados. Y solo veo una vieja estructura de lo que antaño fue un típico chalet de veraneo… Pero totalmente oscuro y con los pastos que lo invaden a través de las ventanas que parecen agujeros más negros que la misma noche…

Ya pasó la medianoche… en la noche de Tanti…

Texto y Foto: Easy Writer – Horacio Portela

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Cuarenteneando.

Patricio Bonaventura

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Domingo de siesta, frio ideal para dormir, , cuarentena. Me resisto a caer en las manos de Morfeo. Miro la misma película, otra vez. Rescato algo en el final. En él, un joven y novel periodista, le hace una pregunta a su entrevistado: ¿Que es lo que te gusta de lo que hacés? A lo que su contraparte le contesta: “Para empezar…todo”. Quedate con esta respuesta.

La nostalgia me dispara muchas cosas:, lugares, amigos, pasión y placer. Si yo tuviera que responder esa pregunta diría lo mismo: “Para empezar…todo”. Me gusta todo de lo que hago. Soy un afortunado.

Siempre me gustaron los fierros aunque jugué otro deporte, llegué al motociclismo en el 2004 en Mercedes Corrientes, Supermotard Argentino y nunca más me fui.

“Para empezar, todo”: la gente, la pasión, la competencia, los pilotos, el folklore, mi Argentina. Antes del 2004 conocía Moscú y Washington pero no mi país.

Este deporte me dio muchas cosas, el reconocimiento de cuando haces las cosas bien, experiencias de vida únicas, de esas que forjan el temple, muchos más amigos, de esos con los que compartís un mate, un vino o una mesa. Amigos de distinto tipo como categorías tiene el motociclismo nacional. No es novedad que cada tipo de moto tiene su piloto y cada uno de ellos su personalidad y característica. Gracias a Dios me llevé bien con todos.

¿Y que extraño? “Para empezar…todo.”

En estas épocas de aislamiento y cuarentena en el que uno solo ve todo a través de una pantallita: carreras, gente, lugares y experiencias. La nostalgia hace valorar algo que no nos es extraño pero que a la vez extraña. Uno hace lo imposible para reemplazar esto. En vano es, por más barniz que apliques a mesas o estanterías, por más kilómetros estáticos que desandes sobre una bici fija, por más revoques que emparches, cursos que asistas en tu silla del escritorio, nada reemplaza al olor del 2t, al sol en la cara, amaneceres o atardereces en las rutas de mi querido país, bañarse en champagne del ganador tratando de fijar ese momento para los nietos, fotos únicas, picadas y asados regados por anécdotas de épicas carreras protagonizadas por aquellos que quizás ya no estan.

Los Abuelos de la Nada suena al lado de este teclado, mate calentito para templar ese chiflete de ventana que demanda burlete otro invierno más. Esta realidad que me o nos obliga a invernar para salir indemnes de esta pandemia. Todo esto no mitiga el sentimiento que nos alberga, el de volver. Esta columna, que es de opinión esta tarde fue de reflexión y conclusión. ¿Y a que conclusión llegué? Que vamos a volver más sanos y más inteligentes. Con la sabiduría de valorar lo que tenemos: salud, familia, amigos y motos.

¿Cuidarse para hacer que? “Para empezar…todo.”

Quedate en casa.

Texto: Pato Bonaventura

Fotos: Samy de la Torre, Euge Polero.

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¿Molestamos aca?

Patricio Bonaventura

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Si hay algo que predominó este fin de semana en Buenos Aires fue el calor. Si me dieran elegir en estos casos entre estar en zunga en una pileta, cerveza en mano, exhibiendo mi hercúleo físico reposando en dos flota-flota o ir a dos eventos relacionados con motos, el que suscribe, ¿qué elige uno? Obviamente los eventos motociclísticos.

¿Masoquista el tipo? No, ni cerca. Es el profesionalismo y pasión que tiene el que pertenece al medio periodístico especializado. Muchos de nosotros, casi sin apoyo económico que facilite su trabajo, poniendo a veces más de la cuenta para difundir proyectos nuevos que encara gente a pesar de las dificultades ya conocidas, nos acercamos a éstos y hacemos nuestro trabajo, difundimos o los promocionamos.

Pero al parecer que dicho esfuerzo no es reconocido o importante. A los hechos me remito.

Sábado. Interrumpo una visita a unos amigos de Monte Grande para ir al Galvez. La convocatoria, giros libres de Supermotard. Mi corazoncito late más fuerte cuando se menciona esta disciplina. Yo arranqué mi carrera estelar (ponele), haciendo fotos en el Supermotard Argentino. Aire acondicionado a full mediante, llego a eso de las 4 a la Catedral. La cita era a esa misma hora, viendo que no estaba listo nada, me junto con amigos, mate por medio se hace más llevadera la espera.

Convocados por la organización, dos de ellos se van a ayudar a armar el circuito donde se giraría (???). Se disponen los conos que delimitaban el mismo. Llamó mi atención la cercanía de una carpa donde estaba el sonido y una mesa de control de acceso a pista, dos estructuras fijas que en caso de despiste eran peligrosas.

Más tarde, de a uno, los interesados, previo pago de la inscripción incursionan en dicho circuito. Armo mi cámara y salgo a hacer unas imágenes. Me ubico en la horquilla, a por lo menos treinta metros de pista, en un lugar seguro, cerca de la carpa de sonido y de la leca que en caso de dispiste me protegía. Quiero aclarar que tengo una experiencia de 20 años en fotografía especializada de motociclismo. Habiendo hecho un par de fotos se me acerca el encargado de la organización para decirme que no podía estar ahí. La foto que ilustra este párrafo es tomada desde allí.

Obviamente le dije quien era, de mi experiencia, etc, pero sirvió para nada. Tuve que salir de pista. Consultado por amigos que había pasado, conté lo ocurrido y para mi sorpresa me enteré que la organización buscaba impresionar a la escasa asistencia diagramando el circuito para que los pilotos hicieran el típico derrape se Supermoto para la tribuna. Si necesitas esto, ¿para qué me sacas de pista pudiendo ayudar con la difusión de la actividad?

La organización planea dar cursos de Supermoto vaya a saber con qué instructor, no sabían como armar el circuito, tenían una gran inversión en camionetas ploteadas, carpas y motos preparadas para alquilar a potenciales alumnos pero andaban con cascos para bicicletas que no sirven  para andar en motos y no había nadie especializado o referente histórico para dar los cursos. Eran motociclistas, pero no parecían. 

Al final, decidí irme de ahí.  El organizador volvió justo cuando me iba para decirme que me había conseguido un chalecho verde para estar en pista pero me fui igual. No quería ser parte de esto.

Domingo. Tras varias amables invitaciones por parte de la gente de prensa de la Conam, pude ir al Super X Internacional. Obviamente calor, pienso otra vez en la pileta, la cerveza, la zunga, los flota-flota, ¿pensaban en alguna otra distinta condición de clima? Naaah.

Llego temprano al predio, como no conocía el circuito quería estar allí antes de que empiecen los entrenamientos. Todo bien, todo normal, me acredito. Los entrenamientos transcurrieron con normalidad. 

Llegaron las series y las finales. En la primera final, a diferencia de las series, unos fuegos artificiales iluminaron el partidor en la largada de la 250. Obviamente esto no lo sabía. En consecuencia, tomé los recaudos como para que no me pase lo mismo en la largada de la final de la 450. A punto de largarse la final, me acerco para hacer la toma, siento que me tiran de la remera. Claro, otra vez lo mismo de siempre, estaba en la línea de cámara de la tele. Vino otra persona, me empujó dos veces y me sacó del lugar. Aclaro, debido a un accidente automovilístico tengo la pierna derecha ma, con lo cuál los empujones casi me hacen caer las dos veces que me los hicieron, con la cámara en mano y en mi condición de discapacitado podría lastimarme o romper mi equipo.

Acá es cuando me equivoco yo, lo fui a buscar para pelearlo. Por suerte me frenaron sino le rompía la cámara por la cabeza. Eso sí, el muy cobarde al verme enojado huyo como rata por tirante. Igualmente la foto salio. Es esta.

 

No es gran cosa, pero la foto está. Ahora sí, después de este incidente me fui del evento.

Me fui porque evidentemente los fotógrafos molestamos para la tele, no somos colegas que venimos a trabajar como ellos, la arrogancia de los trabajadores de la televisión el tal, que me revuelve el estomago.

Todo esto es obviamente apañado por los organizadores de los eventos, que no hacen nada para que los fotógrafos podamos trabajar como corresponde. La prensa gráfica es considerada de segunda por mucha gente especialmente por la televisión. Tengo tanto derecho a trabajar, conseguir una toma interesante como cualquier otro trabajador de prensa, sea virtual, gráfico o televisivo. Trabajamos todos para la difusión de nuestro deporte pero de distinta manera, somos igual de importantes y merecemos el mismo respeto. No me quedo adonde no soy valorado o respetado por mi función y/o trayectoria.

¿ Se entendió? ¿Estoy bien aca? Si molesto, me voy.

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