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¿Y que tiene de malo si parecen disfrazados?

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Primero, vamos a la crónica de lo que ocurrió el Domingo pasado en el Distinguished Gentleman´s Ride 2019.

Lo que ocurrió es que fue una fiesta, la reunión de, quizás, las motos más lindas, las que no ves seguido en la calle. Tengo que confesar que no soy bueno para calcular cantidad de asistentes, menos de motos. Cualquier número que pueda decir no va a ser preciso. Puedo decir que dada la cantidad de motos se tuvo que cerrar la Avenida Figueroa Alcorta a la altura de la Av. Pueyrredon dado a que tres filas de vehiculos se estacionaron en el ancho de la avenida en todo el largo de la Facultad de Derecho, eso es mucho.

El motivo de la reunión, una movida mundial que recauda fondos para la investigación del Cancer de Próstata, principal motivo para el suicidio masculino y la consigna era venir vestido en forma elegante. El criterio de qué es elegante o no, quedaba a gusto de cada asistente.

Pasemos a la parte de la Editorial de opinión. Si esto, lo de la elegancia me refiero, puede sonar discriminador, depende de cada uno. Gran debate se dió en las redes sociales al respecto y no me parece de trascendencia. Queda a la elección de cada uno si quiere vestirse así o no.

Si me parece de mayor importancia es el aporte, por mínimo que sea que se pueda hacer para la causa. En las redes sociales podes aportar tu granito de arena para que se pueda seguir investigando. Por ahí pasa la cosa. Según cálculos que escuché fueron 1500 los asistentes a la rodada, no creo que todos hayan puesto plata, espero que si, lo dudo mucho. Me hago cargo de esto pero creo que muchos no pusieron algo de plata para la causa. Fueron solo a mostrarse. Si aportaron ratificaría el éxito doble de cruzada que todos los años encabeza el Oso Marsan. A tal efecto, todavía hay tiempo para aportar en las redes sociales y página webs de la movida.

Tanto esta movida organizada por el Oso Marsan como la Caravana Solidaria que se dió hace poco organizada por Fernando Rivera, condecorado recientemente en el Congreso Nacional, muestra la otra cara del fanático de las dos ruedas, distante y mucho del imaginario popular. Si bien unos se ponen saco y moñito, otros se disfrazaron de héroes de los dibujos animados y se pusieron la clásica nariz de payaso para los chicos de la Casa Garrahan. El destinatario es distinto, el fin es el mismo, la solidaridad.

Desde que tengo memoria siempre fue lo mismo, tema muy argento, criticar ante lo distinto, lo nuevo, lo que es de relacionado con su forma de ser o pensar. Si no le hacen mal a nadie, si vestirse así es el objetivo para llamar al atención de una sociedad que quizás no sabe en este caso de una problemática del hombre, ¿que tiene de malo? Podes no estar de acuerdo con la forma, pero el fin es noble, eso no me lo podes discutir.

Ambos se disfrazan pero le hacen bien al otro. Lo otro es superficial. Dicho de otra manera, el fin justifica los medios. Pensemos un poquito en eso.

Mirá la galeria de lo pintoresco que fue la mañana del Domingo en las escalinatas de la Facultad de Derecho.

Fotos y texto: Pato Bonaventura

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Opinión MotoGP: “A mí nunca me va a pasar”… ¡pero sucede!

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En el motociclismo deportivo existe una convicción íntima que sostiene aquello que ocurre en pista: la creencia establecida de que “a mí nunca me va a pasar”.

No es arrogancia; es un mecanismo de supervivencia. Sin esa frase, sin ese blindaje mental que permite negar el riesgo, ningún piloto podría lanzarse a más de 300 km/h rodeado de rivales que piensan exactamente lo mismo. El Gran Premio de Catalunya del pasado fin de semana, sin embargo, se encargó de demostrar cuán frágil es esa ilusión cuando la realidad decide golpear.

El primer impacto llegó en la recta larga de atrás, rumbo a la curva 10, con una escena que desarmó cualquier sensación de control. Álex Márquez seguía de cerca a Pedro Acosta cuando su KTM perdió rendimiento y la Ducati del equipo Gresini impactó primero para salir como un bólido, golpear con las defensas y desintegró a casi 290 km/h.

La rueda delantera y parte de la horquilla, convertida en un temible proyectil, rebotó sin control ni dirección hasta golpear en la moto de Fabio Di Giannantonio, quien no tuvo margen para esquivar nada.

‘Diggia’ fue protagonista involuntario en el lugar equivocado, víctima de un azar que lo arrojó al suelo sin aviso. Alex Márquez terminó con una clavícula rota y una vértebra comprometida; Fabio Di Giannantonio, con una mano lastimada y la certeza de haber visto el abismo demasiado cerca.

En ese instante, el mantra se quebró. La frase que sostiene la identidad del piloto dejó de ser un escudo para convertirse en un recordatorio incómodo. Y, sin embargo, apenas una rato después, Di Giannantonio volvió a subirse a la moto como si necesitara reconstruir su propio relato interno. “Tenía que hacer un clic”, explicó.

Ese ‘clic’ es la reinstalación del autoconvencimiento volver a creer que el peligro es para otros, no para uno. Lo extraordinario es que no solo volvió: sino que también ganó. Dos horas después de haber estado a centímetros de un final impensado, celebraba la segunda victoria de su campaña (la anterior fue en Qatar 2023), con el mono marcado por la caída y la mano aún dolorida. Un triunfo deportivo, sí, pero sobre todo un triunfo mental, un ejemplo perfecto de la psicología del piloto.

El segundo momento detonante del día llegó en la reanudación. La curva 1 del Circuit (históricamente crítica) volvió a mostrar por qué es uno de los puntos más peligrosos del calendario.

Tras una desacertada maniobra en el frenaje, un mini ‘strike’ terminó con Johann Zarco atrapado con un pie entre la rueda y el escape de la Ducati de Pecco Bagnaia, mientras la moto daba varias vueltas de campana.

El francés terminó con lesiones graves en los ligamentos de la rodilla y una fractura en el peroné. Nada de esto fue inesperado: la combinación de una recta larguísima, velocidades cercanas a los 320 km/h, dispositivos de salida que compactan la parrilla y la turbulencia generada por la aerodinámica moderna crea un escenario donde cualquier error se multiplica.

Catalunya lleva dos décadas repitiendo este patrón, y el domingo volvió a recordarlo.

Justamente se cumplieron 20 años de aquella carambola que involucró a Loris Capiross, Sete Gibernau y Marco Melandri, entre otros. Pero también hay recuerdos frescos como el golpe de Takaaki Nakagami en 2022, quien frenó demasiado tarde, perdió el control de la Honda y golpeó su cabeza con la rueda trasera de Pecco Bagnaia, tirándolo al suelo al italiano y a Álex Rins, que terminó con una fractura en la muñeca.

O el ‘strike ducatista’ que generó Enea Bastianini en 2023, cuando tampoco frenó a tiempo y se llevó consigo a Johann Zarco, Marco Bezzecchi, Álex Márquez y Fabio Di Giannantonio, generando por fortuna un hueco en la fila india que le salvó la vida a Pecco Bagnaia cuando un ‘higside’ lo mandó al piso en la curva 2 y solamente una moto apenas lo arrolló, la de Brad Binder (allí sí, hubo demasiada fortuna a pesar del caos).

Este año, cuando la carrera se detuvo por segunda vez y los pilotos se alinearon para un tercer intento, la pregunta flotó en el aire: ¿hasta dónde puede estirarse la frontera entre la pasión y el peligro? ¿Somos espectadores o cómplices de un deporte que necesita rozar el desastre para existir? Las motos se rompieron, los cuerpos volaron, y aun así la competencia siguió adelante. Porque así funciona este mundo: los pilotos necesitan creer que lo que acaban de ver no les va a pasar a ellos. Y nosotros, de algún modo, también.

Catalunya dejó heridas físicas, dudas éticas y una certeza emocional: la temporada se volvió más humana, más frágil y más impredecible. Di Giannantonio ganó porque reconstruyó su escudo mental más rápido que nadie y se sumó a la lucha por el título. Zarco pagó el precio de un punto crítico que MotoGP arrastra desde hace años; por lo que el campeonato avanza ahora bajo una pregunta inevitable ¿cuánto tiempo puede sostenerse un deporte que depende de repetir, una y otra vez, la bendita frase “a mí nunca me va a pasar”?

La seguimos…

 

 

TEXTO: SERGIO CANCLINI

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Opinión MotoGP: nada fácil para Marc Márquez

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Antes de detallar cómo se impuso Marc Márquez (#93 Ducati) en el Gran Premio de San Marino y de la Riviera de Rímini, merece un comentario especial lo sucedido con Pedro Acosta (#37 KTM).

El piloto español de KTM tenía intensiones de podio (en tres vueltas había avanzado desde el séptimo al cuarto lugar, siempre con superaciones rápidas y precisas), pero inesperadamente se rompió la cadena de la RC16, dejándolo al margen del circuito y con una bronca de aquellas.

¿Fue tan inesperada? Ahora sabemos que no. Ya que durante el fin de semana Brad Binder (#33 KTM) también fue víctima de otras dos roturas (una en plena ‘Sprint Race’) y aparentemente se debe a que “los reguladores de altura bajan la parte trasera de la moto tanto que pueden aflojar la cadena y causar daños”.

Acosta que, como se ve en la foto del momento exacto de la rotura ya tenía a tiro a los tres punteros, se quejó por el inconveniente, pero lo hizo diplomáticamente, sin cargar sobre el porqué de la falla técnica, apuntó a la seguridad: “Hay que saber por qué pasa, porque no es normal. Este es un deporte mecánico, pero no deberían suceder, porque si una cadena suelta le pega a alguien, le podría hacer mucho daño”. Impecable.

Ahora sí, nos enfocamos sobre la victoria de Marc Márquez, el undécimo Gran Premio de la temporada que gana y que llegó después de una impensada caída en la ‘Sprint Race’ del sábado.

Es más, ganar el domingo era la única acción que a MM93 le permitía limpiar el error del día anterior. “Sentí una fuerza inusual que me impulsó a ir por la victoria”, dijo Marc Márquez. “Después del error de ayer, intenté responder de la mejor manera posible, y la mejor respuesta fue ganar la carrera. Pero Marco Bezzecchi fue un rival muy duro. Presionó muchísimo, y ambos apretamos más de lo habitual. Él estaba motivado porque es el GP de su casa, y yo con un incentivo extra por la caída”.

Márquez terminó con un apercibimiento por pisar fuera de los límites (la famosa ‘zona verde’) y a pesar de todo lo que conlleva competir en MotoGP, el propio piloto tenía noción de a lo que se exponía: “Cuando quedé adelante, los puntos de frenado cambiaron por completo y el viento comenzó soplar en una dirección diferente en las curvas 8, 11 y 12, así que toqué la zona verde tres veces en la curva 11”, explicó.

“Si volvía a tocar cualquier zona verde, hubiera una ‘long lap penalty’, así que fui extremadamente cuidadoso; bajé el ritmo, revisé los puntos de frenado y volví a atacar para evitar que Marco se acercara tanto”, dijo al cabo de su victoria número 99 en Gran Premio (si se consagra en Japón, será campeón tal vez ganando su GP número 100, que loco… ¿no?).

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Vamos que los pibes esperan. ¡Esto es una fiesta!

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DOMINGO

 

Son las 6.00 de la mañana. Suena el despertador. Me lo puse para ver a Perrone que hizo la Pole en Moto 3. Pero la pole position en Moto 3 no es referencia de nada. ¿Vos viste Moto 3? Hoy corre el Moto GP y ya tenía pensado levantarme temprano para verlo, pero… ¡HOY ESTÁ LA CARAVANA DEL DÍA DEL NIÑO!, la cita obligada de muchos cada año.

¿Querés ver el GP? Mirá la repetición a la tarde cuando vuelvas, igualmente es muy aburrido… ¿o querés ver a Marquez ganar otra vez? Daale, ¿en serio? Marquez, Marquez y Marquez. Si no es Marc, es el hermano. Ganan sábado, domingo y lunes. Así que dale, vestite; anoche ya pusiste a cargar las baterías del equipo, ahora poné todo en el bolso y no te olvides de nada. Sacá a los perros. ¡Uuhh, llovió y hace un frío! ¿Saliste anoche? ¿Tomaste una cerveza de más? Bueno, después te dormís una siesta. No te preocupes que mientras ves la carrera seguro que te quedás dormido por lo aburrida que va a estar.

Salgo a tomar el 60 porque el Tren Mitre sigue cerrado. Llovizna pertinaz que te hace doler mano, cadera, tobillo… ¡pero dejá de quejarte viejo mañoso! Mirá que sos llorón. Acordate de esos pibes que esperan, ¿o vas a creer que ellos se van a fijar que llovizna? Más en este año tan especial. La humedad te hace acordar dónde están los implantes, pero si te duele es porque estás vivo. Asustate cuando no te duela nada. Los chicos te esperan, no te pongas pesado, no seas quejoso que vas a ir a una FIESTA. Van a estar los payasos, Darth Vader, Batman, La Máscara, el Hombre Araña, los personajes de Toy Story, mucho color, muchos juguetes, mucha gente buena en moto que se levantó este feo domingo.

En el camino te acordás de que fuiste un poco como esos chicos, que cuando estuviste internado por tu accidente del ojo recibiste un camioncito marca Buby. Azul era, con la caja gris. Felicidad con ruedas a escala desproporcionada con respecto a tu felicidad. Todo eso a los 6 años, edad promedio de los chicos que nos esperan, muchos con barbijos y en sillas de rueda. Como ese peladito que te marcó para toda la vida cuando fuiste la primera vez, hace un par de años.

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La Caravana es adictiva, no hay antídoto para esa adicción, ni lo quiero. Ya estoy llorando. La llovizna parece que asusta un poco, pero va cayendo gente al rancho, como diría el Martin Fierro.

Fernando, ese Tsunami de fuerza caritativa, decide postergar el arranque de la Caravana. Inteligente. Al final se arma la fiesta con motos de todos los tamaños y colores con algo en común: gente buena.

Gente que anida lejos del estigma o prejuicio de delincuente, rebelde sin causa, motochorro, vago, cabeza de corcho al corte. Gente buena que existe y es mucho más que la otra.

Arrancamos. Me lleva Mariana en su chata repleta de bolsas con juguetes y las dos princesas sentadas en las butacas de atrás, destacándose la pequeña Emma Celene, toda dulzura de 6 morfables añitos.

En un día gris la ciudad se llena de alegría al ver pasar a esos locos que salieron a dar una vuelta en moto, ¡y algunos disfrazados! Los chicos, sorprendidos, solo atinan a saludar con sus manitos y los ojitos bien redondos. No pueden creer como La Máscara sale eyectado de una moto y corre a saludarlos, o ver a Batman en su máquina infernal esperando a que el semáforo dé luz verde.

Obelisco, Plaza de Mayo, el Cabildo y la Catedral pasaban de largo. El Congreso Nacional y la Plaza Miserere eran hitos que pasaban también, hasta que llegamos a la zona del Garrahan.  Y por fin, el frente de la Casa Garrahan y una marea humana adelante. ¡Los pibes no se veían, pero ahí estaban!

No me banqué más la ansiedad, y antes de que Mariana pudiera estacionar la camioneta me bajé. Quería ver esas caritas.

Doy gracias a Dios por dejarme ser parte un año más, aunque sea en forma tangencial, de esta maravillosa experiencia. Los pibes fueron una sola sonrisa, una sola emoción, una sola sorpresa. Se subieron a varias motos con la anuencia de los locos moteros. Felices ellos y los moteros. Fotos, fotos y más fotos con todos los personajes que solo veían en la tele y que estuvieron allí. Ahora entiendo a los que se disfrazan: es un ratito, te bancás el ridículo y la recompensa es inconmensurable. En este lunes gris todavía les debe durar la sonrisa, ¡y cómo no!

Qué me importa si anoche tomé una cerveza de más, quizá haya sido para callar las voces de la rutina en la que estamos inmersos. Qué me importa no haber visto la carrera, me aburre y mucho; llueve y duelen los rastros de aquel accidente. Sin embargo el frío se va, ¿sabés cómo?, con el calor que te invade al ver la locura genial de esta gente, junto al Tsunami Fernando a la cabeza y con el gracias chiquito, apenas audible, de ellos, los pibes, que sonreían con los ojos, con las manos extendidas acariciando ese chiche. Algo simple y nada ostentoso con color de felicidad.

Mis amorcitos, tan chiquitos, con el alma triste y la resiliencia de un viejo algarrobo, lejos de afectos, en lares lejanos y terruños desconocidos, me daban las gracias a mí. Dios mío qué descaro. Tendría que inventar otro término mayor al simple y ordinario “gracias” que les debería dar yo por recordarme a ese pibe con el ojo derecho tapado y el alma destrozada, al que la vida le dio en ese momento un trocito de paz en forma de camioncito.

Yo les tengo que agradecer a ellos por hacerme dar cuenta de lo que realmente vale en esta vida: el solamente tenerla, con lo poco o mucho que se tenga. Amores, familia, salud y paz en el alma. Me tomé el 118 a casa con una sonrisa en el alma.

 

LUNES

 Y sí, es un lunes gris y yo sonrío. No quiero dejar esta adicción.

 

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